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Cuando los hijos se van de casa

La madurez es una época en que las relaciones con los hijos pueden cambiar bastante. Hay una interacción entre tres generaciones diferentes y adultas: la relación con los hijos y con los padres ya mayores. Afortunadamente, no tiene por qué existir dependencia de ninguna de ellas.

Cuando los hijos se van de casa
© Thinkstock

Por un lado están los hijos, que ya han crecido y quizá se hayan independizado.
Aunque la mujer madura sepa que puede contar con ellos, ellos tienen su vida y no siempre comprenden los procesos por los que pasan los padres a cierta edad. Sin embargo, ahora se puede compartir con ellos sus valores, las riquezas adquiridas, sus inquietudes y sus problemas. Para mantener una relación sana, hace falta saber escuchar, dar importancia a los problemas que puedan plantear e intentar ponerse en su lugar. Se debe procurar ser para los hijos una fuente de información y alguien que los escucha, pero no hay que quererles buscar las soluciones a sus cuestiones.
Cuando la mujer habla con sus hijos sobre sexualidad o sobre la vida en general, debe haber una reciprocidad de amor y respeto; cada uno tendría que saber escuchar las opiniones del otro. Quizá, por fin, la madre pueda saber cómo piensan sus hijos y viceversa.

Las parejas de los hijos

Un aspecto importante es la relación de la mujer adulta con las parejas de sus hijos.
Todo puede variar al pasar de ser una relación de madre e hijo a una relación entre familias. Esto sucede cuando una persona «extraña» se introduce en el seno familiar.
Al principio, quizá desagrade porque se interpone en la relación materno-filial que se había dado hasta ese momento. Pero la mujer madura deberá reflexionar y asumir la nueva realidad. Por ejemplo, la pareja del hijo puede ser muy celosa de su intimidad; en ese caso, habrá que ser muy prudente para no perjudicar la relación.

Separarse de los hijos

Mención aparte merece el tema de la separación. Cuando una madre relativamente joven ha de ver partir a sus hijos de casa, quizá sienta un malestar interior intenso (lo que se conoce con el nombre de síndrome del nido vacío). Pero es probable que no lo reconozca, ya que la razón le dice que es «ley de vida», aunque le duela el alma. En algunos casos, este sufrimiento se canaliza por otras vías tales como una desmesurada preocupación por ellos, sobre todo, según indican las estadísticas, si se trata de hijos varones.
Es importante que las mujeres sepan «cortar el cordón umbilical» y dejen volar a sus hijos, puesto que las interferencias de una madre recelosa pueden perjudicar mucho a los jóvenes.

Publicado el 12/02/2010Comentar

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